Simon Reynolds,es el crítico de rock anglosajón más interesante de la actualidad.
Conocido por escribir sobre música electrónica y por acuñar el término post-rock. Reynolds ha escrito sobre una gran cantidad de artistas y géneros musicales, y ha escrito libros sobre post-punk y rock. Comenzó a hacerse conocido cuando empezó a escribir para Melody Maker, pero también ha contribuido para medios como The New York Times, Village Voice, Spin, The Guardian, Rolling Stone,entre otras.
Reynolds es reconocido por incorporar elementos de teoría crítica en sus análisis de la música, y dice haber sido influenciado por el pensamiento marxista, además de la Internacional Situacionista y filósofos como Gilles Deleuze y Félix Guattari. En sus escritos ha tratado temas como la cultura de las drogas, el género, las clases sciales, raza y sexualidad y su relación con la música.
El siguiente texto es extraido del prólogo del libro Rip it Up and Start Again: postpunk 1978-1984 escrito por Simon Reynolds.
"El postpunk heredó del punk el sueño de resucitar al rock en tanto una fuerza capaz de cambiar, si no el mundo, al menos la conciencia de oyentes individuales. Este radicalismo se manifestaba tanto en las palabras como en los sonidos, en lugar de utilizar a la música como mera plataforma. En el caso de las letras, su potencial subversivo tenía más que ver con sus propiedades estético-formales (el grado de innovación gramatical o narrativo) que con el “mensaje” o la crítica que transmitían.
No es ninguna coincidencia que Manchester y Sheffield, dos ciudades industriales en decadencia del norte de Inglaterra, hayan conformado el epicentro del postpunk inglés. También se formaron bandas con similares enfoques líricos y sonoros en Cleveland (que supo ser el corazón del alguna vez formidable pero en ese momento decadente Cinturón del Hierro de los EEUU) y Düsselford (la capital de una de las zonas más industrializadas de Alemania, el Ruhr). De forma paralela pero diferenciada grupos como Pere Ubu (de Cleveland), The Human League y Cabaret Voltaire (de Sheffield), Joy Division (de Manchester) y DAF (de Düsselford) recurrieron al uso de sintetizadores. En grados distintos, todos estos grupos se intentaron pensar los problemas y las posibilidades de la existencia humana en un mundo cada vez más tecnológico. Habiendo crecido en ciudades física y mentalmente marcadas por la violenta transición del siglo XIX de las experiencias comunitarias rurales a los ritmos artificiales de la vida industrial, estos grupos estaban en una posición privilegiada desde la cual ponderar el dilema de la alienación vs. la adaptación en la era de las máquinas. Los grupos postpunk encontraron en escritores como Anthony Burgess y su novela escrita en 1962, La Naranja Mecánica, sugerentes en relación a esta cuestión, ya que transcurría en Inglaterra en el futuro cercano y describía los erráticos itinerarios de jóvenes desangelados, una cruza de skinheads y punks: dandys corrompidos que vivían en y por la búsqueda de la ultraviolencia gratuita. Tanto el libro como la película filmada por Kubrick en 1970 capturan la psicogeografía desolada de la “Nueva Inglaterra” creada por los urbanistas “visionarios” y los arquitectos brutalistas (tan de moda durante los años ´60).
La era postpunk se superpone a dos fases políticas distintas, tanto en Estados Unidos como en Inglaterra: los gobiernos de centroizquierda del primer ministro laborista James Callaghan y el presidente demócrata Jimmy Carter, que fueron casi simultáneamente desplazados por la emergencia de Margaret Tatcher y Ronald Reagan –un giro a la derecha que resultó en doce y dieciocho años de políticas conservadoras en los Estados Unidos y en Inglaterra, respectivamente. El período postpunk comienza con la parálisis y el estancamiento de las políticas socialdemócratas, que comienzan a ser percibidas como un fracaso, y termina con el ascenso de las políticas económicas monetaristas neoliberales, el desempleo de masas y la intensificación de la desigualdad social.
Parte de la intensidad de este período de música disidente reside en su creciente desincronización con respecto a la cultura más amplia, que estaba girando a la derecha. Tatcher y Reagan representaban un masivo contragolpe tanto para los contraculturales años ´60 como para los permisivos años ´70. Varado en una especie de exilio cultural interno, el postpunk intentó construir una cultura alternativa con su propia infraestructura independiente de sellos, distribuidoras y disquerías. La necesidad del “control completo” condujo al nacimiento de sellos independientes pioneros. El concepto del “hacelo vos mismo” proliferaba como un virus, desparramando una pandemia de cultura autogestionada –bandas que editaban sus propios discos, promotores locales que organizaban recitales, colectivos de músicos que creaban espacios para que las bandas pudiesen tocar, pequeñas revistas y fanzines que funcionaban con medios de comunicación alternativos. Los sellos independientes constituían una especie de microcapitalismo anticorporativo, menos basado en las ideologías de izquierda que en la convicción de que los sellos grandes eran demasiado indolentes, carentes de imaginación o comerciales como para cultivar y alojar a los sonidos más cruciales del momento.
Los temas sobre los cuales hablaban las bandas y los críticos también contribuyeron a esa sensación de acceso a una nueva era. Hoy una entrevista con una banda de rock tiende a convertirse en un mero listado de influencias y puntos de referencia de modo tal que la historia del grupo por lo general queda reducida a un itinerario a través de los gustos de sus integrantes. Ese tipo de “rock de coleccionistas de discos” no existía en la era postpunk. Las bandas, por supuesto, hablaban de sus influencias musicales, pero también tenían muchísimas otras cosas en la cabeza –política, cine, arte, libros. Algunos de los grupos políticamente más comprometidos pensaban que hablar sobre música en una entrevista era una trivialidad o una autoindulgencia: se sentían obligados a debatir cuestiones que consideraban más importantes. Y al mismo tiempo, esto reforzaba la idea de que el pop no era una categoría aislada del resto de la realidad. Esta falta de interés en hablar sobre las influencias musicales también contribuyó a crear cierta sensación de que el postpunk era un quiebre absoluto con la tradición: como si los ojos y los oídos de esta experiencia cultural estuviesen entrenados para percibir el futuro y no el pasado. Los grupos desarrollaban una competencia furiosa para llegar a los ´80 con algunos años de anticipación.
Muchos grupos nacidos durante el período postpunk se volvieron después enormemente famosos: New Order, Depeche Mode, Human League, U2, Talking Heads, Scritti Politti, Simple Minds. Otras figuras “menores” durante la época alcanzaron el éxito con otros nombres: Björk, KLF, The Beastie Boys, Jane´s Addiction. Pero este libro no es para nada una historia escrita desde la perspectiva de los vencedores. Existen decenas de bandas que grabaron discos importantísimos sin haberse convertido en más que grupos de culto, obteniendo el dudoso premio consuelo de ser nombrados como “influencias” o “puntos de referencia” de las megabandas del rock alternativo de los ´90 (Gang of Four engendró a los Red Hot Chilli Peppers; Throbbing Gristle a Nine Inch Nails y Radiohead tomó hasta el nombre de los Talking Heads). Incluso hay grupos que grabaron sólo uno o dos singles increíbles para luego desaparecer sin dejar rastros.
El Postpunk siempre tuvo una actitud constructiva y abierta al futuro: el prefijo “post” implicaba una fe en un futuro que, según el punk, no existía.El punk articuló de forma breve un variopinto grupo de inconformistas en tanto fuerza en contra. Pero cuando la cuestión se convirtió en “¿De qué estamos a favor?” el movimiento se dispersó. Cada tendencia alimentó su propio mito del origen y del sentido del punk y su propia visión de hacia dónde había que avanzar. Sin embargo, más allá de los distintos argumentos, incluso los desacuerdos todavía afirmaban aquello que todavía se tenía en común: la creencia, revivida por el punk, en el poder de la música y la responsabilidad que implicaba esta convicción. El efecto colateral de todas estas divisiones y desacuerdos fue la diversidad, una fabulosa riqueza de sonidos e ideas que hacen que este período esté a la altura de disputarle a los ´60 el título de “edad dorada de la música”.
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